Análisis 3ª Temporada «La casa de papel»

Un repaso, capítulo a capítulo, de la tercera temporada de «La casa de papel»

A estas alturas resulta inerte remarcar el hecho de que estamos ante la nueva temporada de una serie que había echado el cierre hace ya casi dos años, los propios creadores de la misma así lo han afirmado. Quizá el mayor indicador narrativo que aclara el pretendido final de la ficción española es la muerte de su mejor personaje, que no es otro que el de Andrés de Fonollosa, más conocido como Berlín, interpretado de manera sobresaliente por Pedro Alonso. Un coloso que no podía quedarse fuera y que nunca lo hubiese hecho si hubiera habido la más mínima opción de continuidad. Pese a ello, Álex Pina y su equipo consiguen que éste se introduzca en la nueva temporada de manera inteligente y pertinente a través de la utilización de flashbacks.

La nueva temporada de la serie española por antonomasia de la actualidad ha dado en el clavo, regresa con una fuerza descomunal, pero con una autoconsciencia de su éxito bastante preocupante. Mucho se ha comentado del aumento presupuestario que ha habido en esta ficción española desde que Netflix se hiciese cargo del proyecto, sin embargo, esto no siempre está asociado a un mejor resultado. De hecho, hay un par de acercamientos pop bastante preocupantes -hay momentos bochornosos como el reencuentro entre Tokio y “Lisboa” o ese “guiño” a «Misión Imposible»-, así como una suerte de endiosamiento hacia algunos de los personajes que no obedece a la coherencia narrativa con la que se habían desarrollado sus dos anteriores partes. La austeridad y la moderación de las primeras temporadas dan paso a una suerte de exhibicionismo técnico y argumental que arroja unas tomas en cámara lenta innecesarias y una introducción musical para presentar a los personajes que se torna en repetitiva. El aroma que desprende este arranque es de falta de frescura, todo parece estar medido al detalle sin lugar para la sorpresa.

El cambio de estilo al que hacíamos referencia arranca en el primer plano de esta temporada. Un plano secuencia monumental que arroja un claro mensaje sobre el camino que va a tomar esta temporada, mucho más espectacularizada.

El desencadenante que hace que la banda vuelva a reunirse es la captura de Río. La acción tiene lugar unos años después del golpe a la Casa de la Moneda y Timbre. Los desconocidos han pasado a ser un grupo de individuos emparejados que se aman como la mejor de las familias. De esta reunión salen otra serie de diálogos rocambolescos y edulcorados sobre el significado de lo que significa ser familia, con un tono coelhiano más cercano a «A todo gas« que a «El Padrino».

La Casa de Papel es un producto de entretenimiento, en el mejor sentido de la palabra, pero en este caso parece haberse entregado sobremanera a contentar a su espectador, sabe del éxito de las dos primeras entregas y construye su narración y argumento a partir de ello. Aplica la misma fórmula de justicia social para convertir una vez más a unos atracadores en héroes preocupados por los derechos y libertades de la sociedad.

Veremos qué ocurre…

La espectacularidad de las escenas del centro de Madrid es innegable, pero cabe preguntarse el porqué de las decisiones y es que, pese a lo llamativo de las imágenes, la serie vuelve a caer un su propia trampa, su empeño en mostrar su grandiosidad le hace caer en la artificialidad. Justo lo opuesto que ocurre en una de las siguientes escenas, donde conocemos al personaje de Martín Palermo, al que hemos visto de pasada, pero no se nos había dado información sobre su origen o motivación. Y es ahí, en el encuentro entre el profesor y Palermo, donde la narración parece estar alojada justo en el lugar que le pertenece, todos los elementos concuerdan y el ritmo y las interpretaciones componen una gran escena. Con una puesta en escena minimalista, sin necesidad de grandes soliloquios o aglomeraciones, pero que funciona.

El segundo capítulo supone una mejora respecto a su precedente, la puesta en escena es menos efectista y se pone al servicio de la narración. Pese a ello, La Casa de Papel no deja de construir escenas forzosas que no solo lucen artificiales, sino que rozan el ridículo más espantoso. En esta ocasión tenemos como protagonistas un soliloquio de Tokio, una cámara lenta y el inconfundible “You’ll Never Walk Alone” -emocionante himno futbolístico utilizado por equipos como Liverpool o Celtic de Glasgow-. Esta simbiosis roza el ridículo, y lo hace porque compone una escena que pretende de manera estrepitosamente deliberada emocionar al espectador, pero que acaba consiguiendo justo lo opuesto. La continuación con las fotos de las manifestaciones y los mensajes pseudomotivacionales del profesor no ayudan a que la escena se recupere. Cuando la serie pretende construir es capaz de caer en el mayor de los ridículos, cuando pretende transmitir es capaz de crear momentos de emoción memorables.

Después de un inicio bastante poco alentador, con el paso de los minutos, la ficción vuelve a reencontrarse consigo misma, empieza a funcionar como un reloj suizo, llevando el entretenimiento a su máximo esplendor, con una montaje rápido y dinámico y un desarrollo dramático que mantiene el pulso en todo momento.

La serie no se olvida de la actualidad social y se adentra en temas populares y espinosos como el feminismo -acercamiento que ya había ocurrido en las dos primeras temporadas- y aunque lo hace de una manera torpe y complaciente, también es remarcable el atrevimiento de introducir personajes que no congenien con esa corriente, hecho tremendamente impopular y casi prohibitivo dentro de la ficción contemporánea.

El segundo capítulo deja con un buen sabor de boca, arranca el conflicto y, como dice el profesor, “ya no hay vuelta atrás”.

El ABC de las series televisivas lleva implícito un aspecto, una característica muy lógica pero que últimamente parece estar en peligro, y no es otra que la pretensión de que estas obras audiovisuales estén pensadas para ello, que su naturaleza sea ser un producto televisivo. Esta particularidad no siempre es respetada, pese a lo razonable que suene el planteamiento anterior. Y es que, en los últimos años, en los que se ha dado un crecimiento exponencial de estos contenidos televisivos, nos topamos cada vez más con ejemplos de ficciones que en realidad no son más que películas con una desmesurada duración que posibilitan un desarrollo de trama y personajes como no se podría hacer con el metraje de una película convencional, productos que se venden como series pero que deberían estar categorizados como “TV Movie”. La Casa de Papel no peca de esta transformación, es una serie de manual, que cumple con el principal precepto de este tipo de productos y que no es otro que el final de cada uno de sus episodios: intrigante, que hace que te quedes con ganas de más, ese final en el momento preciso que provoca ansía por devorar el siguiente. Pese a que Netflix rompe con el modo de visionado de estos productos -pone todos los capítulos a la vez y no de forma seriado, como es lo normal-, la serie española mantiene la esencia de lo que significa una buena ficción televisiva.

En cuanto al desarrollo de la trama y, a pesar de las similitudes con las que empezó el atraco -muchos podríamos pensar que la serie no iba a ser más que un pastiche de las dos temporadas predecesoras-, vemos que el relato empieza a tener una personalidad propia, el atraco, las situaciones y los personajes no son iguales que la vez pasada. Todo luce más descontrolado, el objetivo no es el dinero sino el pulso social. El dinamismo con el que se estructura la trama se traslada también a la estrategia de los atracadores que se ven obligados a improvisar mucho más de lo que le gustaría al profesor, que torna su talante seguro en un mar de dudas y ansiedades que parecen no posibilitarle a obrar de la mejor manera. La tercera entrega parece instalarse en el caos, donde las cosas salen mal desde el primer día, pero las soluciones parecen surgir de un modo más orgánico, como si la naturalidad con la que reaccionan los atracadores sucediera de una manera lógica y no como una imposición narrativa. 

La serie dilata el tiempo y los espacios de forma magistral, utilizando el montaje alterno para dinamitar la acción y aportarle varios punto de vista que no hacen más que enriquecer la experiencia. Aquí se dejan de lado todos los intentos de buscar escenas prefabricadas y se centran en mostrar justo lo que la historia demanda y por eso funciona. La escena de la puerta con la alternancia de los planos de Berlín y el profesor funciona de manera sensacional. La relación entre los dos hermanos es un punto muy alto, con dos intérpretes en estado de gracia, sobre todo Pedro Alonso, capaz de sublimar incluso las escenas más fáciles de caer en la parodia, como la que tiene lugar con el baile del final de este episodio. 

Estas dos temporadas y media que han transcurrido desde que La Casa De Papel echase a andar, nos permiten sacar claras conclusiones: La serie se divide en dos tipos de escenas o, mejor dicho, secuencias. Éstas se diferencian por su grado de importancia en la historia, es decir, si son imprescindibles para el desarrollo de la trama o si por el contrario “solo” sirven como un necesario respiro en la narración. Las escenas cuya aparición resulta indispensable funcionan en la mayoría de las ocasiones. Éstas se apoyan en un arsenal de elementos sonoros y visuales que enriquecen la experiencia de su visionado. Sin embargo, cuando la serie necesita respirar y relatar otro tipo de acciones que ayuden más al crecimiento de los personajes que al desarrollo de la acción, es cuando falla estrepitosamente, hecho en el que ya hemos reparado en varias ocasiones. Se confía la funcionalidad de la escena a la potencia del guion y las interpretaciones, sin embargo, la serie carece de brillantez en los dos apartados, sobre todo en el segundo. Porque es conveniente resaltar que La casa de papel es una ficción en la que el reparto queda por debajo del gran trabajo técnico -salvo honrosas excepciones: Pedro Alonso, Itziar Ituño (en ocasiones), Najwa Nimri, Álvaro Morte o Rodrigo de la Serna-. Un elenco usualmente incapaz de sacar adelante situaciones en las que el texto prima por encima del artificio audiovisual. Pero como hemos comentado antes, no todo es demérito de los intérpretes, el libreto y la búsqueda de situaciones forzadas que intentan agradar al espectador a costa de sacrificar la lógica narrativa del relato, tampoco ayudan a construir una escena sólida y sobresaliente.

Por otro lado, la historia va evolucionando, alcanzando cotas de interés realmente elevadas. La acción no decae en ningún momento y el grado de tensión, aunque es menor al del atraco anterior, hace que lo que estas viendo sea capaz de atraparte. También, se produce un distanciamiento paulatino con respecto a la praxis del anterior atraco. La partida de ajedrez que tuvo lugar en el robo la Casa de la Moneda da paso a un combate de boxeo con un púgil muy agresivo y otro que se sabe defender de manera muy inteligente. En esta ocasión, el estado se sabe conocedor de las tácticas de su rival, intuye cuáles son sus puntos débiles y juega con ellos, además entienden que los atracadores se deben al pueblo y por ello creen que serían incapaces de poner a la gente en su contra cometiendo una torpeza que ponga en peligro la vida de los rehenes.

Con este movimiento la serie lo que hace es ponderar la acción por encima de la tensión y con ello conseguir un nuevo formato más dinámico, pero igual de efectivo.

La casa de papel es una serie pensada por y para la audiencia, es de agradecer lo directa que es con respecto a este objetivo, el cual no se esfuerza en esconder, no pretende ser en ningún momento más que un mero entretenimiento, el mejor de ellos. Por ello no lleva a cabo prácticas fílmicas que alberguen grandes pretensiones, ya que este tipo de intentos suelen descarrilar y terminar por ser bodrios pedantes y amanerados. La serie es de corte popular y es capaz de engrandecer el término. Pero debido a su pretensión comunitaria tiene la obligación de abordar ciertas cuestiones que un producto popular no puede evadir, como la incorporación del tema más candente dentro del panorama social de la actualidad, el feminismo, para ello se atreve a introducir a personajes machistas, pero sabiendo que en este momento estos personajes no pueden vencer, tienen que perder y ser humillados. La escena de Palermo hablando del sexo homosexual es lamentable, artificial, edulcorada y adoctrinadora, pero seguramente sirva para que el grueso de espectadores que espera con ansia que se produzcan este tipo de situaciones se alegre por ver sus deseos cumplidos en pantalla. Otra construcción bien distinta es el desarrollo del personaje de Helsinki, con un acercamiento humano, tremendamente emocional y, sobre todo, y esto es lo más importante, verosímil. Y esto es uno de los grandes dramas de La casa de Papel, es capaz de sacrificar la verdad de su obra, de su esencia, por intentar agradar al grueso de sus espectadores, es efectivo en cuanto a números, pero le imposibilita llegar al olimpo de ficciones con una intención más artística que mercantil. Ya lo dijo Santos Zunzunegui: “El cine no es un producto artístico, sino una industria que, a veces y por azar, produce obras de arte”.

Otro gran punto a favor de la serie es el grado de interés que despierta. Éste se evalúa en el momento en el que unos personajes están en la cuerda floja, en medio de situaciones o ambientes inverosímiles o difíciles de asimilar, y pese a ello, el espectador no se para ni un segundo a pensar en esas vicisitudes, porque su experiencia de visionado no se ve alterada en ningún momento por estos factores. Es ahí donde precisamente podemos decir que una serie funciona, cuando lo que cuenta y como lo cuenta es más importante que la lógica de una historia. Los ocho primeros minutos de este capítulo son un ejemplo de manual de todo esto que hemos hablado.

Por otro lado, la serie continúa la tónica de los últimos capítulos, realmente bien ejecutados, con una puesta en escena potente, una realización dinámica y un trabajo de montaje impresionante. Aquí el Estado consuma su primera gran derrota, una que le lleva a quedar en evidencia y le obliga a recular, un recurso necesario ya que estaba actuando y no reflexionando, ahora las fuerzas se han vuelto a igualar y el combate se encuentra en plena ebullición.

Además, la serie acierta en un apartado que no suele tocar con éxito, relación de egos, ya que siempre que se acerca a este tema sitúa dos oponentes muy distanciados, en cuyos roles hay un distanciamiento marcado que hace inútil la batalla, sin embargo, en los egos de Lisboa y El Profesor si podemos hallar un claro conflicto, los dos poseen un espíritu ganador que puede hacer que la unión salte por los aires en cualquier momento.

El Profesor es una persona impenetrable, un ser rutinario y estricto que no permite fisuras en su vida ni en las acciones que lleva a cabo. En esta temporada vemos al Profesor más dubitativo, preocupado porque no tiene el control de todos y cada uno de los detalles de la situación: el plan de asalto no es suyo, no ha habido suficiente tiempo para prepararlo y, sobre todo, conlleva saltarse la primera norma de su panfleto dogmático. Las relaciones personales no deben influir en el plan, y es cierto que el grupo ha pasado de ser una serie de desconocidos con un fin común a una familia que lucha a favor de la libertad de todos sus individuos, pero el profesor tiene aún la confianza intacta en una persona, en la única persona que ha confiado ciegamente durante toda su vida, él mismo. Aunque todo esto parece desmoronarse en esta temporada, el profesor no confía en sí mismo y por eso ve en Lisboa a una persona que podría enturbiar más la negociación que ayudar en la misma. Se produce un choque interno en este personaje que se debate entre sus principios y creencias y el amor que ha forjado junto a la inspectora.

Como hemos comentado en capítulos anteriores, la situación se ha invertido, es el Estado el que parece estar siempre seguro de sus acciones, aunque reciba golpes siempre contesta con una determinación que apabulla. El Profesor y sus pupilos parecen encontrarse en una continua sensación de desbordamiento, con una gran capacidad de contrataque, pero sin argumentos que les permitan llevar la delantera, esto también se debe a la determinación de la policía, que se ha despojado de todas las dudas y ha empezado a jugar al ataque sin ningún tipo de reparo.

Es destacable como poco a poco la serie nos va presentando los dos grandes protagonistas de esta batalla, dos personajes antagonistas de manual, muy bien construidos: por un lado, El Profesor, a quien ya conocemos, esa especie de Robin Hood altruista que roba para defender los derechos y libertades del pueblo, un ser ético e inteligente; por otro lado se encuentra Alicia Sierra, un ser dañino, malvado -a quien Río dice que su hija no la querrá nunca-, pero que posee la cualidad más destacable en los villanos: la inteligencia, que es capaz de usar con malicia en contra de su adversario. Es un ser sin escrúpulos al que solo le importa ella mismo y es capaz de llevarse por delante a quien sea, eso sí, con una brillantez que la convierte en la mejor incorporación de esta temporada. 

Empieza a vislumbrarse cuáles van a ser los factores que van a determinar el desenlace de esta batalla y cuáles van a ser sus protagonistas. Esta vez Río vuelve, pero El Profesor empieza a conocer que la rival que tiene en frente esta vez es mucho más dura e implacable que la anterior.

“Te gané la partida Raquel” es la dilapidaria sentencia que ejecuta El Profesor a su compañera, la inspectora Murillo, Lisboa. La frase responde a un acto de liberación, El Profesor finalmente se atreve a expresar aquello que le estaba impidiendo actuar de una manera honesta consigo y con la banda, piensa que la presencia de Lisboa va a suponer que él tenga una debilidad, posibilitándole una baza al Estado que puede usar en cualquier momento contra él. El duelo sordo de egos en la pareja llega a su fin con esta confesión.

El profesor es consciente que el Estado está recortando terreno y que él lleva consigo una pesada losa con la que no puede lidiar, al contrario que Berlín, él no es capaz de separar el nexo amoroso y la relación laboral, por eso cree que va a la batalla desprotegido. Ese es el motivo que le lleva a mostrar una pasmosa insensibilidad con Tokio cuando le pide que se acueste con Río, ya que ve en esa acción una de las pocas posibilidades de llevar la voz cantante.

La casa de papel es capaz de construir la mejor experiencia de entretenimiento cuando se lo propone, posee el talento suficiente como para mantenerte pegado a la pantalla mirando con ansia las acciones que el relato va proponiendo. Porque cuando la serie no se para en banalidades, es capaz de fluir y crear un universo de sensaciones que agitan y emocionan al espectador, que espera en vilo la resolución de este nuevo atraco.

La narración y la realización se dan la mano, cada plano, cada diálogo, cada detalle, está justificado, se acerca el desenlace y es cuando la ficción más acertada se encuentra, deja atrás la congratulación propia con la que abrió la temporada y da paso a uno de los mejores episodios de su historia, dinámico, certero y verosímil. La realización es frenética, de manual, con una gran dosis de acción y tensión que convierten la experiencia de visionado de los últimos episodios en una experiencia efímera, que se antoja corta y adictiva.

Las cartas están claras, el Estado no se va a detener por nada y tiene a los atracadores atrincherados, literalmente pendientes de un hilo.

Maquiavelo decía que el fin justifica los medios. La inspectora Sierra, con el beneplácito del Estado, ejecuta esta máxima hasta el final. Las dudas y reparos con las que pudo haber actuado la policía en el atraco anterior se han sustituido por una determinación que es capaz de llevarse por delante a cualquiera.

Esta temporada hemos reafirmado la transformación en familia que se da entre los miembros de la banda, con las fortalezas y debilidades que esta unión puede conllevar. Las relaciones amorosas entre ellos hacen que el relato tenga que navegar de manera forzada por estas experiencias. El Estado no siente nada por nadie, es implacable, no se va a amedrentar y pretende vengar el robo anterior para evitar que vuelva a repetirse el bochorno que supuso el atraco anterior. 

La unión entre el amor y la posibilidad de conciliarlo con una relación laboral -con lo que significa aquí una relación como esta- copa gran parte de la trama de esta temporada, hasta el punto de que la preocupación de un hermano llegue a su máximo esplendor cuando Berlín charla con Sergio sobre la conveniencia de mezclar amor y negocios. Berlín no pone límites al amor –el amor no se cronometra, llega a decir-, pero El Profesor sí cree en los límites, la labor que llevan a cabo no permite mezclar las relaciones personales con el trabajo. Esa es la duda que tiene en todo momento con Lisboa, la ama, pero no hace más que ver una vulnerabilidad en ella. Sin embargo, este capítulo arroja un triunfo, una victoria de Sergio sobre El Profesor, que por primera vez abandona su careta de comedido atracador y se abre en canal para mostrarse tal y como es. Triunfa Berlín, que siempre se rindió a las dulzuras del amor y abrazó el caos como la gasolina que necesita la vida y ha visto como su hermano ha sido incapaz de disfrutar de la vida por el excesivo control que ejercía sobre su la misma.   

El final de temporada no puede ser más emocionante, se abren varios frentes y en todos parece que la resolución va a ser inmediata. El profesor y Lisboa están literalmente pendientes de un hilo, con la soga al cuello y con la necesidad de realizar una maniobra de distracción que les permite salvar sus cabezas.

La inspectora Sierra es la que se pone en cabeza y piensa la mejor estrategia para terminar con los atracadores, conoce perfectamente su punto débil, el corazón, y juega con ello para conseguir la máxima ventaja. De igual forma, es capaz de vengarse con una sangre fría y una brillantez que hielan la sangre. Usa al hijo de Nairobi como tapadera para poder atacarla -como Nairobi había usado con anterioridad a su hijo como mula-, y es capaz de devolver al profesor la maniobra con la que había sido engañada. Se toma la venganza en plato frío y simula ejecutar a Raquel para que el profesor realice el único movimiento que podría despertar la división entre la sociedad y los atracadores, un ataque injustificado a la policía. Los atracadores pasan de ser los referentes de una sociedad oprimida a ser un grupo de delincuentes capaz de atacar a personas inocentes. Una derrota del Estado que tiene sabor a victoria; y una victoria de los atracadores que no es más que la más dolorosa de las derrotas. El profesor ha perdido esta batalla, ha sido engañado y se encuentra en una situación crítica.  

Pero la guerra aún no ha acabado y nos espera una cuarta temporada de vértigo en la que la policía tendrá que manejar esa ventaja con la que ha terminado. Por su parte, los atracadores deberán idear una estrategia que les permita salir con vida del Banco y rescatar a Lisboa.

Tráiler

Reproducir vídeo

COMPARTE ESTE ARTÍCULO

Share on twitter
Share on facebook
Share on whatsapp
Share on email
Share on pinterest
Share on telegram

Contacto

Si quieres contactar con nosotros no dudes es escribirnos un mensaje a través de este formulario.

¿Quieres recibir las últimas novedades y artículos?