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Crítica | La Casa de Papel | Rellenando la artificialidad

De un tiempo a esta parte asistimos a una nueva forma de crear, una forma de componer que solo parte de una premisa, contentar con inmediatez al grueso de tu audiencia, sin ningún afán de construir algo que perdure en el tiempo o que al menos se convierta en relevante durante algún período. La facilidad de las comunicaciones hace que el feedback que puedan tener las personas encargadas de generar contenido sea inmenso e inmediato, es por eso, que resulta tentador caer en las mieles de los deseos populares y llevarlos a la pantalla sabiendo, casi con certeza, que aquello que vas a plasmar va a funcionar.

La acción de esta temporada arranca “in medias res” como si no hubiese habido una pausa, manteniendo la tensión con la que acabó su temporada predecesora, pero con muchas preguntas ya respondidas y otras que, debido a la continúa repetición de las fórmulas, se intuían. Con el transcurso de los minutos, los cabos sueltos se van aclarando y la narración se va calmando, entrando en un oasis de calma en el que no sucede nada relevante y comienzan a desarrollarse subtramas que no conducen a ningún punto concreto.

La Casa de Papel, como buen transmisor de los temas de moda de la sociedad, no esquiva “el tema”, un tema que es el epicentro de las cuestiones a nivel mundial, y cuya repercusión en algo innegable, incluso lo podríamos calificar como vital. Pero la relevancia del feminismo como tema no debería justificar la falta de ética de algunas narraciones modernas, que están haciendo un espectáculo de algo que para nada lo merece, un asunto que cuando se aborda con la sensibilidad correcta incurre en el más duro de los golpes, en la más profunda de las reflexiones. Y es que no hace falta verborrea cuando hay imaginación, no hace falta buscar diálogos inverosímiles con situaciones irreales, cuando lo que se pretende es hacer cine y no propaganda. El festival del absurdo de La Casa de Papel se torna en imperdonable cuando ésta pretende transmitir un mensaje de empoderamiento femenino, de lucha contra la desigualdad y exaltación del matriarcado mientras al mismo tiempo usa de manera deshonesta un argumento como la maternidad de Nairobi para provocar en el espectador un efecto fácil, bruto y deshonesto. Un mensaje lleno de artificio y carente de cualquier resquicio de verdad. Y es que el buen cine es aquel que muestra sin usar más palabras que las imprescindibles. La Casa de Papel es una ficción en la que temas como el feminismo están por imposición social y no como una consecuencia lógica de la narración, no hay ninguna razón por la cual unos personajes hablen de empoderamiento femenino mientras los están disparando, o que se exciten en cada una de sus apariciones. Mención especial merece el personaje de Tokio, interpretado de manera errática por Úrsula Corberó, que hace que cada una de sus apariciones e intervenciones sean de una intensidad inmensa, como pretendiendo buscar transcender con cada dialogo, una trascendencia que resulta inverosímil en un personaje tan poco trabajado e influyente como el suyo. Pero es que en esta temporada todos los personajes están perdidos, de hecho, hay algunos desdibujados hasta la extenuación. Río, Manila, Denver, Estocolmo…, la mayoría de ellos, hasta Berlín, el hasta ahora mejor personaje de la serie, parece un pastiche barato de lo que fue. Aunque su aparición siempre resulta estimulante, dentro del nivel grotesco del resto, esta vez queda como una sombra del pasado, limitándose a imitar los grandes hallazgos de temporadas anteriores. Sin embargo, sí hay un personaje que sobresale y que aporta a la historia otra dimensión, Gandía, interpretado de forma magnifica por José Manuel Poga, un titán que tiñe de terror la serie y ofrece la gran mayoría de escenas destacables de esta temporada.

«El festival del absurdo de La Casa de Papel se torna en imperdonable cuando ésta pretende transmitir un mensaje de empoderamiento femenino, de lucha contra la desigualdad y exaltación del matriarcado mientras al mismo tiempo usa de manera deshonesta un argumento como la maternidad de Nairobi para provocar en el espectador un efecto fácil, bruto y deshonesto.»

La serie solo funciona como producto de entretenimiento y distracción. Y es que en la Casa de Papel hay dos bloques de personajes: uno, lleno de personajes pop que no aportan nada y no hacen más que distraer la atención con el desarrollo de traumas, deseos y reflexiones que no emocionan y sí abochornan, personajes cargantes como Tokio, Río, Denver, Nairobi, Estocolmo, Manila…, que además cuentan con unas interpretaciones muy pobres -salvo Miguel Herrán, que lidia como puede con el personaje más desdibujado de esta temporada-; Por otro lado, cuando la serie se torna en una serie adulta, un thriller serio, es cuando empieza a funcionar, cuando la acción gira en torno a Sierra, Gandía, Berlín, Palermo o, en ocasiones, El Profesor, la ficción española funciona, y lo hace muy bien, ya que cuenta con un equipo técnico espectacular, donde todos los departamentos hacen un gran trabajo: sonido, fotografía, edición… La ficción coge un ritmo emocionante y brinda tres últimos capítulos bastante aceptables.

Estamos ante una ficción que ha olvidado cuáles fueron los hallazgos de sus dos primeras temporadas para sumergirse en un proceso de empatía para con su audiencia, mediante el cual solo pretende agradarla con el fin de obtener resultados mercantiles. Un producto industrial que pretende emocionar con una “familia” en la que sus miembros lo mismo se apuntan todos a matarse en un momento, como que se dan un abrazo fraternal días después, un acercamiento más parecido a las peores ficciones de acción -Fast and Furious es el primer ejemplo que se me viene a la cabeza- que a una ficción que pretende ser algo relevante. La nueva temporada es un tiro en el pie, un producto que queda relegado a ser un visionado culpable y no como algo que merezca la pena ser visto.

«Estamos ante una ficción que ha olvidado cuáles fueron los hallazgos de sus dos primeras temporadas para sumergirse en un proceso de empatía para con su audiencia, mediante el cual solo pretende agradarla con el fin de obtener resultados mercantiles.»

Un dato más, la quinta temporada está más que asegurada, ya que la narración se ha preocupado más de resolver las subtramas “familiares” que en avanzar en el que supuestamente es el motor de la trama, que es el atraco, el cual no avanza nada y no arroja ninguna pista de cómo actuarán los ladrones para salir del banco de España. Habrá otra temporada y seguramente será mejor que ésta, que claramente se ha convertido en un tiempo de transición, un relleno que se podría haber resuelto en cuatro decentes capítulos.

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