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Saturno devorando a su hijo

Crítica ★★★★★ Petra / Título original: Petra / Año: 2018 / Duración: 107 min. / País: España / Dirección: Jaime Rosales / Guion: Jaime Rosales, Clara Roquet, Michel Gaztambide / Música: Kristian Eidnes Andersen / Fotografía: Hélène Louvart / Reparto: Bárbara Lennie, Àlex Brendemühl, Joan Botey, Marisa Paredes

Shakespeare la examinó y sublimó, el teatro no cesa de desnudar sus obras y el cine de Hollywood la adaptó y comercializó otorgándole un final feliz. La tragedia griega ha sido desde hace mucho tiempo fuente inagotable de inspiración para dramaturgos, escritores, cineastas y otros artistas. Los creadores que se acercan a las tragedias helenísticas pretenden ahondar en las profundidades más sórdidas de la humanidad, tratando de encontrar respuesta a la insoluble cuestión de lo que significa ser humano. Jaime Rosales -uno de los cineastas más talentosos e innovadores del panorama nacional- no evade esta cuestión y en Petra trata de adentrarse en este dilema metafísico. El director catalán acepta la utopía de su tarea y otorga a los elementos de su cine una libertad y una complejidad que permiten esa conexión con el espectador, al que invita a unirse a su autorreflexión.  

En su nueva cinta, Rosales combina de manera magistral las virtudes del cine clásico -adhiriéndole una inmensa carga dramática a la película- con las vanguardias cinematográficas que caracterizan al cine moderno. Parte de un libreto elaborado junto a Michel Gaztambide –Vacas, La Caja 507– y Clara Roquet –10.000 Km– en el que construyen una obra dividida en capítulos que se presentan de forma asincrónica. Esta segmentación -acompañada por un breve texto introductorio a modo de resumen sobre los hechos que ocurrirán en ese capítulo- otorga una clara ponderación hacia los dramas personales por encima de los conflictos de la trama, de hecho, esta disposición potencia ese efecto devastador, los dramas se intensifican y el espectador anticipa y revive sucesos con una información mayor que convierte a los hechos en insoportables. La dirección de Rosales es sencillamente brillante, es capaz de sacar el máximo partido y experimentar con la escritura fílmica agregando a sus movimientos de cámara una cuidada narración y un lenguaje tremendamente rompedor, que, pese a su carácter austero, con una puesta en escena tremendamente trabajada, se mueve libre -a través de un continuo plano secuencia- entre puertas, ventanas y paisajes, otorgando a cada espacio su justo peso y relevancia.

«La propuesta del director catalán es tremendamente innovadora, la escritura fílmica que emplea sugiere una auto interrogación sobre los convencionalismos cinematográficos, parece querer sorprender tanto al espectador como a sí mismo con cada nueva propuesta».

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Al igual que el acto que mostraba el cuadro que pintó Goya –Saturno devorando a su hijo– a principios del siglo XIX, Jaume, un artista mundialmente conocido, es capaz de absorber hasta la última gota de sangre de los que le rodean -especialmente de su hijo Lucas-, lo hace desde una pasividad y una falta de emoción que estremecen. Pese a que la protagonista de esta tragedia helenística trasportada al siglo XXI es Petra, todo gira en torno a este personaje, uno de los más oscuros y siniestros que se ha construido en la historia reciente del cine. Petra corresponde a esa artista romántica que trata de encontrar en el arte las respuestas a sus inquietudes vitales y existenciales, por ello se embarca en una aventura en la que pretende averiguar una de las cuestiones sin respuesta más trascendentales de su vida, conocer la identidad de su padre. Desde ese momento la cinta se convierte en un viaje hacia la verdad y la búsqueda de la identidad, se transforma en un juego en el que hay un alumno aventajado -Jaume- que conoce todas las normas y que adopta el papel de Demiurgo para hacer lo que le plazca con las fichas y los jugadores, disfruta con el sufrimiento y la inadaptación de los demás, no saborea el triunfo o la victoria sino la humillación y el dolor. La cinta construye un villano perfecto, lo muestra como un artista que no ama el arte y que es capaz de provocar la mayor de las furias e indignaciones, las cuales llegan incluso al espectador, que se implica desde una perspectiva mucho más personalista.

La propuesta del director catalán es tremendamente innovadora, la escritura fílmica que emplea sugiere una auto interrogación sobre los convencionalismos cinematográficos, parece querer sorprender tanto al espectador como a sí mismo con cada nueva propuesta. Petra es tan sutil que parece estar cogida por un finísimo hilo al borde de la ruptura, una quiebra que nunca llega y que convierte a la película en lo mejor de este cineasta y una obra que perdurará durante décadas. La película respira libertad frente a la claustrofobia que señala su trama, la cámara plantea una subjetividad tan propia que parece no obedecer ninguna regla, porque no obedece tan solo a la regla de montaje interno, sino que tiene su propia mirada y es capaz de romper con premisas tan importantes como el eje de miradas. La steadicam rompe su función de evitar golpes en los movimientos de cámara para pasar a ser una presencia celestial dentro de la escena que deambula libre entre los espacios y los personajes y otorga su propia significación. Otro elemento clave, y poco utilizado en el cine de Rosales, es la música, que aquí evoca un lamento profundo y una anticipación de la tragedia. Funciona como vehículo de transmisión para el espectador, que no ve acompañada su experiencia por la remarcación musical, sino que compone otra experiencia en sí misma.

Petra conforma el ejercicio cinematográfico más exquisito del año y uno de los más bellos de la última década, no solo por dejarnos interpretaciones memorables -todos los actores ofrecen un trabajo sobresaliente, destacando sobre todo Barbara Lennie y Joan Botey- sino por ser capaz de construir un relato tan oscuro con esa libertad, otorgándole a la fotografía un papel liberador donde la elipsis representa tanto como una mirada. Además, la cinta es capaz de llegar al dolor más desgarrador sin llegar al grito, al llanto o al sollozo, encierra las expresiones de los intérpretes detrás del cuadro y brinda la oportunidad al espectador de contemplar y experimentar.

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