Imagen para el apartado Sociedad, Opinión, artículo

Vox España. (2018). VOX VISTALEGRE – 7 OCTUBRE 2018. Recuperado de: https://bit.ly/2UHSkEj

La "Vox" de la hipocresía

Andalucía ha hablado, y ha hablado alto, y ha hablado fuerte. Pero, sobre todo, ha hablado claro. Andalucía pide cambio. Después de 40 años de un Gobierno que se hacía llamar “de izquierdas”, la derecha -en todas sus vertientes- ha llegado con toda su furia y ha tirado la puerta abajo. El Partido Socialista ha ganado, sí, pero la fuerza más votada ha sido la derecha, con el Partido Popular -nadie duda que son derechas-, Ciudadanos -ellos dicen que son de centro, pero vamos, ya nos entendemos- y Vox -tan de derechas que casi se salen del espectro político-. Y yo me cabreo.

Andalucía ha hablado, y España, para sorpresa de todos, se ha sorprendido. ¿Cómo un partido de extrema derecha ha logrado tanto apoyo popular? Es la pregunta que ahora los expertos analistas tratan de responder en los medios de comunicación. Como cada vez que se celebran unos comicios, los mismos que dijeron que era prácticamente imposible que determinado resultado se diera son los mismos que luego tratan de explicar las claves de dicho resultado. Y digo yo: esas claves son las mismas que pudieron haber vaticinado aquel resultado, ¿O qué? Nadie daba un duro por Donald Trump, y luego todos eran expertos y conocían perfectamente las causas de su victoria. Sí, lo sé. Como proyecto de sociólogo que soy, no debería tirar piedras contra mi propio tejado, pero creo que mucho nos queda por recorrer hasta minimizar las probabilidades de errar en nuestros análisis. Nadie previó lo de Podemos, nadie previó lo de Orban en Hungría -en el poder desde 2010 con el 50% de los votos-, ni lo de Siryza o Amanecer Dorado en Grecia -tercera fuerza política en 2015-, ni lo del Frente Nacional de Marine Le Pen en Francia -11 millones de votos y segunda fuerza-, ni lo del Partido de la Libertad en Holanda -33 escaños y segunda fuerza-, ni lo del PiS en Polonia -actualmente en el poder-, ni lo de Alternativa para Alemania -tercera fuerza en el Bundestag-, ni lo del Movimiento Cinco Estrellas en Italia, ni lo de Suecia, ni lo de… En Europa, innumerables han sido los ejemplos que hemos visto. Es más, del “viejo continente”, tan sólo España, Irlanda, Malta y Portugal resistían ante el imparable avance la extrema derecha… hasta ayer. Con la irrupción de Vox, España ha caído de esa lista y se une a la gran mayoría de países europeos. Aunque esta fuerza ha saltado el charco y se ha presentado también en el “nuevo continente”, con Trump en EEUU y Bolsonaro en Brasil como muestras más notables. Entonces, digo yo, con tantos ejemplos como teníamos -y tenemos-, y viendo que Europa ya está acostumbrada a la ultraderecha… ¿Cómo puñetas nadie vio venir lo que estaba en el advenimiento -nunca mejor dicho, por el ciclo litúrgico católico en el que nos encontramos-? ¿De verdad que nos vamos a sorprender porque una fuerza política extremista haya llegado a España? ¿Qué pensábamos, que a la península ibérica le rodeaba un halo de inmunidad anti ultraderechismo? ¿Que el aire que se respira aquí es mejor? ¿O que la cercanía con el “continente madre” nos iba a proteger?

Pues no ha sido así. Y como decía la niña de Poltergeist, “ya están aquí”. Y han venido para quedarse. Y traen un discurso que a todos nos suena. O debería sonarnos.

La extrema derecha niega ser extrema derecha, pero cuando Marine Le Pen te llama “amigo” y te felicita por tu resultado, y quien fuera líder del Ku Klux Klan en los años 70 también te felicita y tus ideas son de extrema derecha… ¡Sorpresa! Eres extrema derecha.

Fue en las Elecciones Europeas del 2014 cuando se presentó por primera vez un partido que decía representar al “pueblo verdadero”, frente a la “casta”, el “sistema” y el “régimen del 78”. Un partido que nació como plataforma política, surgida a partir del 15M y las tertulias de televisión, y cuyo principal atractivo era su líder; un profesor universitario simpatizante de Izquierda Unida, y que obtuvo en su día 5 eurodiputados con quienes nadie contaba. Eso le ayudó a afrontar con ánimo las Elecciones Generales.

Ahora, desde el otro extremo, Santiago Abascal irrumpe con la misma fuerza. Se declara defraudado con los políticos tradicionales, dice luchar por la democracia “verdadera” y, al igual que Iglesias, habla de “dignidad”, “justicia”, “honradez contra la corrupción”; dice que su prioridad son las “personas” -Iglesias hablaba de la “gente”-. Es decir, mismo discurso, aunque distinta receta: mano dura contra el independentismo, ilegalización de partidos, control férreo de las fronteras, deportación de los “sin papeles”, cierre de las mezquitas fundamentalistas, supresión de las autonomías y derogación de las leyes que impulsaron los gobiernos de izquierdas, empezando por la memoria histórica. Carga contra los “progres”, los comunistas, la “derecha cobarde”, la “veleta naranja” y se erige él como defensor de la “dignidad de la patria”. Un partido que viene, dice, a salvar España. Habla de la España “grande” y de “primero España”… ¿No les suena al Make America great again del loco de Donald Trump?

Imagen para el apartado Sociedad, Opinión, artículo

Secretaría de Cultura de la Nación. (2015). Pablo Iglesias – Participante del Foro Internacional por la Emancipación y la Igualdad. Recuperado de: https://bit.ly/2Gge4nl

Es decir, Vox trae un discurso que no es nuevo. Y por eso me cabreo. Me cabreo porque los expertos dicen que no lo vieron venir, pese a que casi toda Europa está invadida y algunos países de América también han sido salpicados. Eso es hipocresía. Me cabreo porque los medios de comunicación han aupado, con su menosprecio, el gran éxito de la ultraderecha en todo el mundo. El discurso del miedo ya no sirve para frenarlos. Señalan los grandes peligros y defectos de los extremistas -derecha e izquierda-, pero no muestran los peligros y defectos de los que se dicen moderados. Eso es hipocresía. Me cabreo porque los perdedores no quieren aceptar los resultados electorales. Cuando el PP ganó en Andalucía, exigió que se respetase la “voluntad del pueblo” y gobernase la lista más votada, pero Ciudadanos terminó facilitando la gobernabilidad del PSOE. Ahora, han ganado los socialistas, pero dicen los populares que hay una “clara voluntad de cambio” en Andalucía y deben ser ellos quienes gobiernen, pues han sido la primera fuerza del cambio -y eso que han logrado los peores resultados de su historia-. Y eso es hipocresía. Me cabrea que Podemos, con Pablo Iglesias a la cabeza, llame a las manifestaciones y movilizaciones ante el auge de la ultraderecha. ¿Deberían haberse llamado a las movilizaciones y manifestaciones cuando ellos llegaron al Parlamento en su día, contra todo pronóstico? ¿Ahora no se acepta la “voz del pueblo”? Eso es hipocresía. Me cabreo porque ahora se cuestiona la Democracia. Vox ha obtenido, mediante las urnas, 400.000 votos, tan democráticos como los votos que han obtenido las demás fuerzas políticas. Pedro Sánchez llegó al Gobierno gracias a la democracia, y si PSOE sale del gobierno de Andalucía gracias a una unión de fuerzas de derechas -el “pacto de perdedores”, como el Partido Popular lo llamó en su día- será también gracias a la democracia. Soy negro e inmigrante, y nadie más interesado que yo en que la ultraderecha no llegue al poder. Pero entonces, la democracia era tan válida como lo es hoy. Y negar eso, es hipocresía. Me cabreo porque la extrema derecha niega ser extrema derecha, pero cuando Marine Le Pen te llama “amigo” y te felicita por tu resultado, y quien fuera líder del Ku Klux Klan en los años 70 también te felicita y tus ideas son de extrema derecha… ¡Sorpresa! Eres extrema derecha. Y negar eso es hipocresía. Me cabreo porque la izquierda ha perdido. La izquierda, como casi siempre, se ha quedado en casa para mostrar su indignación y su enfado con aquellos que deben representarlos, y han visto que han perdido, y han visto cómo la derecha les ha superado, y ahora se quejan. No han ido a apoyar a los suyos y los suyos han perdido por falta de apoyos. Y no saben por qué. Y eso es hipocresía. Y por último, me cabreo porque los ciudadanos están cabreados. Y cuando se cabrean, votan con rabia, con indignación, con el corazón. Y más vale que se les empiece a tener en cuenta. La fuerza del voto es muy poderosa, y la indignación es capaz de cambiar el mundo. Los ciudadanos quieren cambiar el mundo. Y el mundo está cambiando. El mundo quiere hablar. Escuchemos su voz. Y silenciemos la voz de la hipocresía.

COMPARTE ESTE ARTÍCULO

Share on twitter
Share on facebook
Share on whatsapp
Share on email
Share on pinterest
Share on telegram

Contacto

Si quieres contactar con nosotros no dudes es escribirnos un mensaje a través de este formulario.

¿Quieres recibir las últimas novedades y artículos?