Fotografía principal para la entrada de Sociedad, Opinión, River vs boca

Entre barras y hooligans

Se desconoce el lugar y la fecha de nacimiento del fútbol. Se sabe que se practicaron juegos similares en diversos lugares de todo el mundo, sin embargo, el fútbol, tal y como lo conocemos hoy en día, nace en Reino Unido. Comienza siendo un deporte minoritario, pero capaz de atraer a gente muy diversa y de todo tipo de estratos sociales. Por aquella época en las islas británicas había una gran consternación por el comportamiento de muchos jóvenes que no eran capaces de dominar su rabia y su ira. Por ello, tomando el consejo de Rousseau -que manifestó que era necesario incorporar el deporte a los colegios-, la reina Victoria determinó que implantar el deporte en estos sectores de población ayudaría a apaciguar ese carácter colérico que estaban mostrando los adolescentes. El experimento funcionó, los jóvenes estaban fascinados con esos deportes, que eran mayoritariamente el cricket, el rugby y el fútbol.

El fútbol inició siendo un deporte asociado a las minas, a las iglesias, a las empresas… cada una de estas entidades poseía un equipo. Después de este inicio casi jovial, se fue introduciendo la competición, creando una estructura que pretendía conocer cuáles eran los mejores equipos y que provocaba el desplazamiento de aficionados. Con la llegada de éstos llegó la violencia a este deporte. La violencia es inherente al deporte, y al fútbol en particular. Desde que hubo competición, el fútbol estuvo siempre salpicado por la sombra de la violencia.

Poco a poco el fútbol se fue expandiendo y llegando a otras fronteras, así fue como arribó, a través de inmigrantes ingleses, al resto de Europa y a Sudamérica, donde caló de una manera más que profunda. Los primeros en recibir este deporte fueron los habitantes de la costa del río de La Plata -zona entre Argentina y Uruguay-. En estos lugares el fútbol creció de manera exponencial hasta convertirse, también, en una competición. Las selecciones nacionales de Argentina y Uruguay comenzaron rápidamente a destacar y, además, se fue creando en el aficionado una pasión exorbitada como no había surgido en ninguna otra parte.

El deporte del fútbol, de manera global, no ha hecho más que crecer. Inglaterra, el país donde se originó, posee en estos momentos la que es considerada por muchos la mejor liga del mundo, por su alta competición y excelente organización. Los partidos allí son hoy un espectáculo y transmiten al aficionado un alto grado de seguridad, sin embargo, esto no siempre fue así. En la década de los 80 el fútbol inglés vivió su etapa más oscura, los hooligans estaban a la orden del día y la barbarie llenaba todos los poros del espectáculo futbolístico. Tuvieron que pasar grandes tragedias y sanciones ejemplares para que este tipo de comportamientos aminoraran de forma radical -pese a ello, hoy en día siguen existiendo-. Estas tragedias fueron de una magnitud devastadora, hasta el punto de convertirse en algunasde las mayores de la historia: La tragedia de Heysel, que tuvo lugar en la final de Champions League del año 1985 y que enfrentaba a Juventus y Liverpool, en la que hooligans del Liverpool se abalanzaron frente a seguidores del equipo trasalpino. Esto provocó una avalancha que tuvo como resultado la muerte de 39 personas; otra de las tragedias más sonadas fue la de Hillsborough, que se saldó con la muerte de 98 personas y cientos de heridos -y, pese a que esta tragedia no estuvo directamente provocada por los hooligans, si que tuvo que ver la manera desmedida con la que vivía gran parte de la población este tipo de espectáculos deportivos-

La sociedad está enferma, y lo está desde la base. Cada vez que un padre/madre grita a un árbitro/a, a un entrenador/a, a un jugador/a, etc., la sociedad se desangra, está enferma con este deporte y no nos estamos dando cuenta.

Esa pasión desmedida es clave para entender todo lo que ha pasado. Hace poco tiempo se ha disputado la final de la Copa Libertadores entre River Plate y Boca Juniors en el Santiago Bernabéu. Se disputó en Madrid debido a los graves incidentes que tuvieron lugar en el estadio Monumental de Buenos Aires. Una serie de sucesos que desgraciadamente no son una piedra suelta en el camino, sino que solo son uno más dentro de la oleada de actos violentos que han tenido lugar en celebraciones deportivas en Argentina. A causa de estos graves incidentes, el partido se suspendió y se decidió que Madrid fuese la nueve sede de la final. Pero ¿Fue la designación de Madrid una buena decisión por parte de la CONMEBOL?

La actuación de los organismos que regulan las competiciones deportivas es de vital relevancia para el devenir del espectáculo. En la final de la Champions League del año 1985, a la que hacíamos referencia anteriormente, la UEFA decidió que, pese a las víctimas mortales que había en el estadio a causa del incidente con los hooligans ingleses, el partido se jugase. Con el pretexto de que la suspensión del partido agravaría la situación en el estadio se obvió la barbarie para dar lugar al espectáculo. Esa final nunca debería haberse disputado, no en esas condiciones, y fue un error gravísimo del máximo organismo del fútbol europeo. No obstante, y pese a la pobrísima actuación de los organizadores en el momento de la disputa del encuentro, la sanción para el Liverpool y los clubes ingleses -que siempre provocaban disturbios allá por donde iban- fue ejemplar. Cinco años sin participar en competiciones europeas para los clubes ingleses y siete años para el Liverpool. Una sanción a la que se sumó la revolución que inició el fútbol inglés a partir de la tragedia de Hillsborough, que llevó a la federación inglesa a imponer sanciones a clubes que no cumplieran las medidas de seguridad y no vetaran la entrada a los violentos. Éstos, los hooligans, recibieron sanciones de prohibición de acceso a eventos deportivos de por vida y multas severas.

Creo que, en el espectáculo del fútbol, en esta especie de pseudoreligión que se ha formado a partir de él, entran en juego varios actores. Por este motivo se hace necesario denunciar e indignarse con la pobrísima actuación de algunos de ellos. No obstante, es aún más importante tener la capacidad de autointerrorgarnos sobre nuestro papel como espectadores, reflexionar sobre nuestro grado de complicidad para que este tipo de comportamientos tenga lugar. En la mayoría de casos no lo hacemos, el fútbol sigue siendo ese deporte que sirve como bálsamo para arrojar todas nuestras frustraciones. El estadio es ese lugar donde el insulto se vuelve cotidiano y la ira no es más que una estandarizada reacción. Durante noventa minutos odiamos a los rivales, no son colegas o compañeros, son enemigos. Hemos creado una cultura en la que triunfar requiere la degradación del contrario.

La sociedad está enferma, y lo está desde la base. Cada vez que un padre/madre grita a un árbitro/a, a un entrenador/a, a un jugador/a, etc., la sociedad se desangra, está enferma con este deporte y no nos estamos dando cuenta. El mensaje ha sido normalizado de tal forma que no contemplamos la anomalía de nuestro comportamiento, la vergüenza y rabia que debería ser como reacción “normal” ha dado paso a una suerte de pasotismo y resignación que solo contribuye a seguir fomentando la violencia que estamos denunciando.

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(M). (2007). Fulbito Andino. Recuperado de: https://bit.ly/2Csft6r

En Argentina, desde principios de los años 20, en torno a 300 personas han perdido la vida en celebraciones futbolísticas, convirtiéndose en uno de los países del mundo con mayor número de fallecidos en este tipo de eventos. Este dato, pese a ser escalofriante, no es el indicador real de la violencia de este país. Es un país que se ha olvidado de disfrutar, un país dominado por el miedo de aquellos que ven en el futbol una oportunidad de intimidación y negocio. Los “barras bravas” dominan el negocio del fútbol argentino. Pero para este resultado influyen muchos factores. El periodismo es uno de ellos. La practica periodística se lleva de una manera salvaje en Argentina, colaboradores que pierden los nervios y no evaden en ningún momento el insulto y el discurso sectario, esto es lo que ocurre en este país sudamericano, pero aquí no estamos tan alejados, es suficiente con observar cinco minutos de algunas tertulias futbolísticas para observar la agresividad, la incoherencia, la violencia y la humillación que aflora en estos lugares. Lugares que fomentan el fanatismo que irradia en los aficionados, “tertulianos” que se sienten con la facultad de insultar a jugadores, entrenadores o directivos si, en su opinión, no han dado la talla. Son personas que representan el sentir de unos aficionados, por lo que son el fiel reflejo de lo que es, hoy en día, el fútbol.

Otro actor importante para el devenir del actual panorama futbolístico es el de los organizadores de estos eventos. El fútbol es un ejemplo para millones de niños que ven en él su divertimento favorito. Por ello estas instituciones deberían dar ejemplo y ayudar a erradicar los comportamientos violentos. Sin embargo, como se comprobó en los sucesos que tuvieron lugar en los aledaños del estadio Monumental de River Plate, tanto la CONMEBOL como la FIFA no estuvieron al nivel, dejando claro que sus objetivos mercantiles están por encima de los humanos. El fútbol está enfermo, contaminado por la violencia y la avaricia extrema por el dinero. En esta ocasión el espectáculo no tuvo que continuar, la CONMEBOL debería haber suspendido a River Plate y otorgar la copa a Boca Juniors -que no es precisamente un club ejemplar en comportamiento de sus aficionados-, pero esa hubiera sido una derrota lógica del fútbol, sin embargo, optamos por la derrota humana, es en aquella en la que lo social y ético impide el beneficio económico y se busca cualquier alternativa que no manche esta situación, pero aquí no había otra opción, la pelota en Argentina está manchada y este tipo de decisiones no van a ayudar a limpiarla.

Que la final se haya disputado en Madrid es tan surrealista como que el partido siga adelante, la codicia está dentro del germen del fútbol y somos nosotros los únicos que podemos extirparla. Tenemos que cuidar un deporte que de otro modo puede llevarse por delante todo rastro de pasión y alegría que pudo poseer un tiempo. El fútbol, y sus actores, se han vuelto tan disparatados que nos hemos cegado y somos incapaces de observar sus anomalías. Es hora de cambiar, la sociedad avanza y con ello debe hacerlo este deporte. Es algo tan bonito que no debe verse siempre envuelto por la etérea mancha de la violencia, denunciemos cuando las organizaciones no nos respeten, cuando ponderen el negocio por delante de la seguridad, y, sobre todo, analicemos nuestro comportamiento y saquemos conclusiones. Porque es provechosa nuestra vergüenza si con ello obtenemos una mejor versión de nosotros, porque pedir perdón y optar por otras vías en el tiempo adecuado es lo que tenemos que hacer. Censuremos a aquellos que fomentan el odio o la rivalidad enfermiza, demos la mano a aquellos que luchan por dignificar un deporte tan apasionante que es capaz de llegar a cualquier lugar del mundo. El futbol -el deporte en general- ha servido para salvar vidas y como refugio para alguno de los males endémicos de la sociedad. Es tiempo de protegerlo y tratarlo como se merece.

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